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Yard Act. The Overload. (2022)

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Hay una cierta actitud compartida entre el Rap y el Punk. Cuentan más sobre lo que ocurre fuera que dentro. Y son dicharracheros. Esto he pensado con la primera escucha (y lectura) del disco más interesante de lo que va de año.  LP de debut de la banda de Leeds, que le aleja unas pocas millas sonoras de la reciente hornada postpunk inglesa. Eso si, bajo, batería, guitarrazos, alguna floritura digital y voz que habla y habla y habla. Esperanzadores.

Bon any nou!

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 Gracias al cassette pude tener aquella música que no podía comprarme. Canciones tomadas de la radio. Discos de mis amigos. Gracias al cassette pude llevar conmigo la música que me apetecía. Escucharla en el coche. Compartirla en cualquier lugar. No es extraño que mi disco favorito del año que termina esté en una humilde cinta de cassette. Larga vida. Salud, paz y amor para 2022.

Sloppy Jane. Madison.

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Me dolió no poder incluir este disco entre mis 10 favoritos del 21. Con todos los honores, es el número once. Haley Dal, alma de la banda, tenía que cambiar. De todo. De vida, de género musical y de estudio de grabación.  Por eso dejó el punk y decidió grabar Madison en el interior de una cueva bajo tierra.  Poco puedo decir sobre su vida. Es un disco coral, con muchos músicos y temas complejos. No es progresivo ni tampoco postrock. Prima la melodía casi pop y alguna resonancia folk. Recomiendo prestarle atención. Se la merece. Aprovecho la entrada para desear un feliz y saludable año 2022.

Mis mejores discos de 2021

1. Spelling. The Turning Well.  Disco “sorpresa no esperada” del año.    Ya en los primeros compases del primer tema intuyes que ahí van a pasar cosas de esas que, precisamente, no ocurren con frecuencia. Hoy por hoy. Cierras los ojos y parece que se va a abrir un telón imaginario y unos actores repeinados y bien vestidos, van a interpretar una comedia de sábanas blancas.   La tremenda voz de la californiana Chrystia "Tia" Cabral   ayuda a entrar en situación y la extraordinaria producción, a “orquesta completa” desde el foso imaginado, sumerge en un puñado de temas que, encadenándose, marcan el guión de esta sinfonía pop del 21. No dejarla escapar. 2. St Vincent. Daddy's Home. No me pregunten porque, pero siempre ando buscándole las cosquillas a los discos de Annie Clark. Su popularidad está avalada por una calidad que pocos se atreven a cuestionar. Pero hay un punto de pijismo y discreta arrogancia que me hace refunfuñar. Dura poco. Al final, ella gana. Y...

Idles. Crawler. (2021)

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No se si ha sido por el confinamiento, largas horas de soledad para pensar, practicar y expresar, pero este disco les ha salido más trabajado.   Instrumentos más limpios, melodías más identificables y voz más esforzada y ajustada. Pero que nadie se lleve a engaño. El hecho de que sea menos ruidoso, no implica que sea un disco fácil. Nada de arremolinarse plácidamente en el sofá. Y olvídense de bailar (aunque pueden saltar).  La actitud de rabiosa dureza mantiene las mismas ganas de plantarle cara a este siglo. Por lo menos. Personalmente, me ha gustado más que el anterior.

The War On Drugs. I Don’t Live Here Anymore. (2021)

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Cuando un grupo inicia un proyecto, está lleno de ilusión e ideas. Pero suele faltar oficio, complicidad. Pasa el tiempo, van aprendiendo pero ya sin la virginidad del principio. Algunos abandonos. Salen discos buenos, otros no tanto, fracasos también. Reconocer las virtudes es una garantía. The War On Drugs son una banda madura. Funciona como una locomotora. Su disco más reciente no es un prodigio de innovación experimental. Saben que su virtud es el buen rock americano de siempre. ¿Adulto? ¡Son adultos! Y allí se quedan sin ganas de buscar nada más. Porque lo hacen muy bien y ¿para que han de salirse de ese camino?

Maxine Funke. Seance. (2021)

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¿Tenéis una cabaña junto a un pequeño lago en los alpes suizos? ¿Tenéis una gran chimenea para calentar toda la estancia? ¿Tenéis una marmita junto al fuego rebosante de queso fundido? ¿Creeis que lo tenéis todo? De poco sirve todo este escenario sin la música de la neozelandesa Maxine Funke. Con la guitarra y un discreto acompañamiento de instrumentos acústicos, su voz, frágil pero decidida, evoca recuerdos con melodías que parece que no quieren molestar. Que están ahí, discretas, pero a la que te das cuenta, has olvidado la cabaña, el lago, la chimenea y la fondee. La música ha vuelto a ganar la partida.