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Asher White. Love Agregates. (2026)

  Asher White. Love Agregates. (2026) A estas alturas de la temporada, anunciar el mejor álbum del año es una osadía. Desconozco lo que nos depara el futuro y tengo pereza en echar el oído hacia atrás. Pero es que este disco de una veintiañera que se ha movido entre Bandcamp y los sellos discográficos más alternativos me ha maravillado y no puedo dejar de escucharlo y poner estrellas a casi todos sus temas. Asher es polifacética: multiinstrumentista, productora, artista visual y escritora. Es una persona transgénero y eso es importante para comprender su lírica, metáforas sobre su cuerpo, su metamorfosis y los recuerdos del pasado. No es un disco fácil de clasificar. Navega entre el pop de cámara, el indie roquero y el folk. Pero siempre con estructuras melódicas impredecibles. Canciones que dan meandros y se ramifican. Músicas que pasan sin transición de la complejidad a la simpleza más acústica. Llenas de contrastes y diversidad de géneros, unidas, eso sí, por su voz, pobre en...

Phoebe Bridgers. Lost Weekend. (2026)

Confieso que voy tarde con la reseña del tercer álbum de la californiana. Posiblemente porque no esperaba un álbum así. Tras sus dos primeros discos y el trabajo con boygenius, imaginaba algo más folkie y de songwriter. Más americano, vaya.  Pero los buenos artistas son camaleónicos y eso demuestra ella en «el fin de semana perdido». Se trata de un trabajo de una artista con fama consolidada, enriquecida, aclamada. Que se puede permitir las horas de estudio que quiera y los mejores productores. Está en el mainstream. Pero a partir de esta realidad brinda sinceridad, ganas de ir unos pasos más allá, incluso experimentar tímidamente. Cargada de material vital: el fallecimiento de su padre, su relación amorosa madura, el acoso mediático… nos entrega su mejor disco y, sin duda, uno de los mejores del año. S. Altimir https://youtu.be/hU-gnl8WLP0?si=HxqILOLYfYnUPKh-

Dexys Midnight Runners. Love. (2026)

Ponerse a estas alturas a escuchar un disco de la banda que tal vez escribió la canción bailable que mejor define la parte cursi de los ochenta es una temeridad. Porque aunque aquel tema sea mejor lo que una escucha pasada de cervezas pueda hacer pensar, no deja de ser una cancioncilla llena de trampas de producción para complacer a aquellos que, en este país, intentaron averiguar si había algo más que Mecano. El disquito que nos ocupa hoy se deja oir, siempre en un respetuoso segundo plano, a la hora del coctel. Incluso con el segundo Negroni podríamos mirar quien está en los créditos: de la banda original reconozco a Kewin Rowland que, a sus 73, ya suena más a crooner que a aspirante blanco a interpretar soul y compositores musicales apocrifos probablemente contratados ad-hoc. Pero no, no piense el lector que el disco no me gusta. ES la mar de entretenido. Y como soy de muy buena fe, casi lo recomendaría… a los que ya tienen una cierta edad y sienten nostalgias por la belleza que un ...

Man/Woman/Chainsaw. Cannonball. (2026)

Con un nombre que hace referencia a las películas de terror de bajo presupuesto del último tercio del siglo XX, aparece el LP de presentación de la banda que puede inscribirse dentro de la corriente inglesa que arranca en el postpunk para orillear en el art-rock.  Suficientemente heterogenea para incluir desde unos New Country Black Men a My New Band Believe o de Squid a The Last Dinner Party, solo «obliga» a unas normas básicas: libertad creativa, desconcierto en el oyente, mezcla de instrumentos clásicos con eléctricos, composición pop, guiños a la escena del teatro musical y al clasicismo europeo e interpretaciones virtuosas. Sea como sea, en lo que llevamos de siglo, estamos ante el género más interesante; siempre bajo mi opinión, no especialmente sesuda, pero si apasionada. El disco ofrece el coctel esperado. Alternan y se mezclan voces femeninas y masculinas, ambas muy cuidadas. Momentos de caos sonoro se abren a baladas bellísimas, himnos de estadio e incluso a, casi, incurs...

Trashcan Sinatras. Ever the Optimist. (2026)

Ya con suficiente historia para echar la vista atrás y consolidar tendencias, creo que estoy muy britanizado. Desde un punto de vista musical y, posiblemente, también del otro. Siempre en terrenos de la antropología, claro. Poca cultura nos ofreció el franquismo a los adolescentes de los primeros setenta y tuvimos que ir a buscarla al otro lado de los Pirineos. Como tantas otras cosas. Y, centrándonos en la música popular, casi me quedo en Londres, alrededores y ¡Escocia! Cuanto bueno vino y viene de ese norte frio y árido. Un buen ejemplo son Los Trashcan Sinatras. Nacidos en la ola de los ochenta han mantenido un listón alto entregando trabajos siempre elegantes y personales. Es posible que su pop limpio y analógico no esté en la primera linea de la innovación, pero dudo que nunca lo hayan pretendido. Lo suyo es hacer canciones que, ahora despacio, ahora deprisa, nos emocionan y animan a repetir una y otra vez hasta gastar los surcos. No se lo pierdan. De lo mejorcito de este, más bi...

Emilia, Pardo y Bazán. Que ha sido de los planos que hicimos anoche cuando estábamos borrachos. (2026)

Tercer trabajo del quinteto que rinde homenaje a la que fue la primera mujer que tomó el cargo de la Presidencia de la Sección de literatura del Ateneo de Madrid y en 1916 fue nombrada catedrática de lenguas neolatinas. Son de Talavera de la Reina, pero creo que o bien residen, o bien pasan mucho tiempo, en la capital del Iberia (gran libro el de David Ucles). Digo eso porque si bien sus temas suenan a Malasaña y a Lavapiés, tienen un punto folk que les confiere originalidad. El suyo es un pop guitarrero, no le temen a rascar con púas duras, pero más cercano al pop donostiarra y, en algún momento a la rumba, que al power pop de, por ejemplo, Hinds. Las canciones, muy bien construidas, fluyen sin dificultad. Los textos (amores de jóvenes tardíos) están bien escritos. El disco se hace corto. Me ha gustado. S. Altimir https://youtu.be/CF4Z0xOx5vg?si=IFDHPJpuQ_H9Op--

Olivia Rodrigo. You seem tty sad for a girl so in love. (2026)

Poco podía imaginarme que escribiría una reseña como la que sigue. La mayoría de las ocasiones que he prestado atención a algún disco de pop mainstream norteamericano, he salido decepcionado y con la sensación de haber perdido tontamente el tiempo. Mucha tontería, en las letras y en la música, hay en esos lanzamientos que, a bombo y platillo, anuncian vidas ñoñas y aburguesadas de una falsa clase media al otro lado del atlántico. Y ya, si el subconjunto es de la “factoría Disney” más repelús me suele producir. De Olivia Rodrigo, se que viene de aquella “casa”, que ronda los 23 y que su primer disco (Sour, 2021), que escuche un par de veces, no me llamó suficientemente la atención y no me animó a escuchar el segundo (Guts, 2023). Es cierto que tras verla en un tinny desk concert de la NPR me quedé con la mosca tras la oreja: canta bien y sabe tocar con oficio la guitarra y el piano. Su paso por el Grec, que generó excelentes comentarios, y su divertimento con Robert Smith en el Pr...